El día que me volví Corredora… Por: Andrea Novella

Existen ciertas personas para quienes el correr pareciera ser una habilidad nata.  Aquellos que aparentan ser gacelas, moviendo brazos y piernas en una bella sincronicidad, cada paso perfectamente coreografiado.  Luego tenemos el otro 98% de la humanidad (o al menos, así me pareciera ser a mí).  Las personas que parecieran estar luchando contra las leyes de la física, tropezando con sus extremidades, para quienes cada paso pareciera ser una victoria contra la anatomía y la gravedad.  Yo pertenezco al segundo grupo.

En mi mente, existe una corredora que vuela por las calles, con total naturalidad, sin esfuerzo, nacida para correr.  La realidad, sin embargo, es otra.  La verdad es que aun no me explico como he logrado acumular tantos kilómetros en mi historial, cuando la mayoría de veces, me resulta ser una experiencia tan dolorosa.  Sigue siendo incomprensible como una persona como yo, que batalla contra el despertador cada mañana, logra enfrentarse al pavimento día tras día, emprendiendo una guerra contra los elementos, el cuerpo, y la mente.  Una batalla que la mayoría de las veces pareciera perder.

Talvez es porque justo cuando estoy a punto de rendirme, de jubilar mis tenis y dedicarme a algún deporte mas placentero (o, para ser mas sincera, olvidarme del deporte por completo) invariablemente se presenta un momento mágico, en donde me vuelvo a enamorar una vez mas de el arte de correr.  Por unos instantes, me convierto en esa corredora que vive en mi imaginación.  Algunas ocasiones, este momento ha sido voltear a ver el reloj, y darme cuenta que hice mi mejor tiempo.  Otras, es lograr cruzar la meta de una carrera que nunca antes había corrido, o correr una distancia que nunca antes había logrado.  Talvez sea simplemente llegar a la meta cuando estuve tan cerca de rendirme y abandonar la carrera.  A veces, es simplemente salir a correr, dejando atrás metas, tiempos, y distancias… sintiéndome totalmente libre, como si el aire que estuviera respirando trajera consigo una profunda paz que me envolviera por completo.

La primera vez que corrí (un poco mas que) una media maratón, fue uno de estos momentos.
Había escuchado mencionar que en Guatemala estaban organizando una ultramaratón.  100 kms, que pudiesen ser corridos individualmente, o en relevos con un equipo. En ningún momento cruzo por mi mente participar.  Lo más que había corrido en mi vida eran 16 kms (con muchas paradas para caminar), y eso fue cuando estaba en mejor forma de la que me encontraba para ese entonces, donde con dificultad estaba corriendo unos 5kms.

El día antes de la carrera, recibí una llamada de una amiga, tratando de convencerme a correr con su equipo, ya que se habían quedado sin alguien para correr el primer relevo.  No se por que, cuando en mi cabeza sonaba un rotundo NOOOO, perdí el control de mi capacidad del habla y de mi boca salio ¨talvez¨.  Por razones que aun no me explico, esa noche, a las 2 de la mañana, le envié un mensaje de texto diciendo ¨ta bueno¨.  Más inexplicable aun, la mañana siguiente, cuando me informaron que ya habían encontrado a alguien (en pocas palabras que ya no me necesitaban), en lugar de sentir alivio, me sentí decepcionada, y procedí a llamar a todos los números en mi libreta telefónica para encontrar a 3 personas que se animaran a formar un grupo conmigo.  Pero en menos de 24 horas, una locura se convirtió en una meta, y yo estaba determinada a encontrar la forma de realizarla.  Pequeño detalle… ya iba encaminada para el centro histórico, de donde partía la carrera, y aun no tenia equipo.  Al parecer, a muy pocas personas les parecía atractiva la idea de salir a correr desde la zona 1 hasta el puerto.
Pero como ya estaba empecinada con la idea, me fui a la carrera con las esperanzas que tuviera la suerte de casualmente encontrarme con 3 otras personas que estuvieran en mi misma situación.  Por cuestiones del destino, así lo fue…uno de los equipos de runguate se habían quedado sin un corredor.  Y fue así, por pura casualidad, que me vi, un sábado por la tarde, a punto de vivir una de las experiencias más inolvidables de mi vida.

Cuando oí la palabra carrera, me imagine las calles cerradas, miles de corredores alineándose en la salida, las masas de observadores paradas en las calles aplaudiendo, paradas de gatorade en cada kilometro, paramédicos a la mano por cualquier emergencia, conos anaranjados bloqueando el trafico, voluntarios armados con banderitas para guiar el recorrido,…  Lo que encontré fue unos cuantos carros repletos de hieleras y alguna que otra persona con shorts y tenis.  No era exactamente la San Silvestre (la única carrera que tenia como referencia).

Lo primero que me preguntaron mis nuevos amigos fue ¨cual es tu tiempo para la media?¨ Ehhh… Nunca había corrido una media maratón.  Mientras mis compañeros trataron de disimular sus caras de preocupación,  yo trate de disimular lo que para mi era un enorme letrero sobre la frente que decía ¨NOVATA¨ y ponerme el numero como que si ya lo hubiera hecho miles de veces.  Mientras tanto, mi capacidad de razonamiento y lógica me estaba gritando ¨no seas idiota!  Tú no puedes hacer esto¨!  Físicamente, era un reto imposible.  Lo más que había corrido en mi vida fueron 16 kilómetros, hace bastante tiempo, y eso fue en banda, con cero de inclinación, y pausando como seis veces para caminar.  Decidí que era mejor no mencionar esto, ni el hecho que las últimas semanas ni había podido correr más de un par de kilómetros seguidos.

Ya era demasiado tarde para echarme atrás.  Antes de salir, me recuerdo pedirle a Dios que me ayudara terminar, o que me hiciera caer muerta, pero que no me dejara rendirme.  En retrospectiva, fue un ultimátum algo extremo (por no decir estúpido), pero en ese momento no podía concebir cosa peor que la humillación de darme por vencida.  Así que empecé corriendo, literalmente, determinada que como mínimo iba a morir en el intento.

Algunos corredores dicen que correr con música no vale.  Pues que me tilden como tramposa, pero para mí los audífonos son igual o más importantes que el agua cuando estoy corriendo.  Mi genial estrategia era correr al ritmo de la música.  Si me encontraba escuchando algo tranquilo, correría despacio.  Cuando sonara Guns and Roses, iba a inyectar mi paso con velocidad.

Durante los primeros kilómetros, la necedad competitiva se apodero de mí.  Como buena novata arrogante, mi corazón daba un salto de emoción al pasar alguno de los otros corredores.  Me sentía invencible.  Sentía que como que si la energía de la ciudad me estuviera moviendo sin yo tener que hacer esfuerzo alguno.  Mis pasos eran rápidos, ligeros, mi respiración fluida, los latidos de mi corazón constantes.  Pareciera que no existían límites a lo que mi cuerpo era capaz de lograr.

Esto duro unos 5 kms, y de repente, la oscuridad de la noche se convirtió en un hoyo negro que se robo mi fuerza.  Poco a poco me fui quedando atrás.  Veía con desesperación como todos los que venían corriendo a lado o detrás mío me iban pasando.  Empecé a perder esperanza.  Era desmotivante.  Por cada paso que daba, pareciera que todos los demás daban cinco.  Por más que tratara de alcanzarlos, me llevaban cuadras de ventaja.  Entre mas me esforzaba, mas lejos parecía estar la meta.

Eventualmente, decidí dejar de competir contra los demás.  La humildad es un trago amargo, pero deje de desperdiciar energía en lo mal que me sabia, y tratar de saborear lo que estaba haciendo.  Pero esto no me resulto, porque lo que estaba haciendo era correr la subida de Villalobos.  Por el decimo kilometro, les dije ¨ya no me digan cuantos kilómetros llevo!  Avísenme cuando estamos cerca del final!¨ Deje de preocuparme cuanto faltaba, quien estaba delante mío.  Simplemente me concentre en correr.  En mantener en alto los brazos, en relajar los hombros, en respirar…  Aceleraba un minuto, y luego descansaba otro.  Me decía a mi misma ¨nomas llegue a ese poste de luz, puedo descansar un poco…. al finalizar esta canción, voy a tomar agua…  solo tengo que llegar a la cima de esta subida, y abre pasado lo mas difícil…  si llego a donde esta parqueado este carro, puedo parar a caminar un minuto…¨ Y así me fui, kilometro por kilometro, paso por paso, enfocándome en alcanzar pequeñas metas, en superar pequeños obstáculos, y convirtiendo algo que parecía tan enorme en una serie de cosas pequeñas.
En una de las subidas más intimidantes, me vino a la mente una amiga que acababa de fallecer.  Dedique todo mi esfuerzo a pensar en ella, a honrarla, a su memoria.  Sin darme cuenta, pase lo más difícil del trayecto.

De repente, me di cuenta que no estaba compitiendo con las personas que estaban conmigo.  No se trataba de quien iba a llegar primero, sino en el hecho que estábamos todos juntos tratando de llegar.  Eran mis aliados, no mis enemigos.  No teníamos que probarle nada a nadie.  El hecho que estábamos allí era suficiente.  Un corredor no se define por medallas o por tiempos.  Un corredor se define corriendo, por rápido o lento, mucho o poco, que esto sea.  En ese momento, yo me definí como corredora.  Y desde ese entonces, el correr para mi es mas que un simple verbo.  No es algo que hago, es quien soy.  Es un proceso, no un suceso. Es algo que ocurre gradualmente, y luego de repente.  Un día, no me consideraba corredora.  Y en las dos horas y media que me llevo correr esos 25kms, me convertí en una.  Pero me tomo años para llegar a ese punto.  Y después de tanto tiempo, simplemente decidí vencer mis miedos, olvidar mis dudas, ignorar las leyes de la física, y hacerlo.

Y lo hice.  Llegue al km 25.  No se ni como, pero desde ese momento no hubo vuelta atrás.  Desde ese entonces, se abrió ante mí un nuevo mundo de posibilidades.  Después de lograr un imposible, no existiría nada que no pudiera hacer.  Incluso las cosas más difíciles, si se toman un paso a la vez, se vuelven manejables.  Como dice un viejo proverbio, ¨el viaje de mil millas empieza con un solo paso.¨